RESEÑA |
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En
la fértil leyenda heroica del desierto, ningún episodio
ha sido atendido y admirado como el vivido por los
nómadas que habitaban lo que fue "territorio español"
del Sahara Occidental. A esos hijos de antiguas estirpes
de pastores-guerreros les estaba reservada una meteórica
incorporación a la modernidad. Los quince años de
prosperidad colonial los desarraigó de milenios de
itinerancia y fijó como asalariados a las neociudades
coloniales, ofreciéndoles el mayor nivel de renta de
África. Cuando en 1975 se operó la tardía
descolonización, en el nuevo orden africano no cabía ya
un nuevo Estado y una conjura de ambiciones,
mezquindades y manipulación los condujo a un inesperado
destino. Mientras su tierra era ocupada por soldados del
norte (Marruecos) y del sur (Mauritania), emprendieron
un éxodo hacia Argelia, donde levantaron sus campamentos
de refugiados y desde los que iniciaron, dotados de un
arma política nueva (Frente Polisario), la guerra a los
ocupantes utilizando la vieja estrategia del nómada:
resistencia y movilidad. Mientras el frente se tragaba a
una generación de guerrilleros, en la retaguardia se
erigió un orden revolucionario en el que se coló el
totalitarismo. En 1991 callaron las armas cuando
Naciones Unidas propuso una alternativa electoral. Diez
años después el "dossier Sahara" sigue estancado, las
partes (Marruecos y el Polisario) todavía discrepan
sobre el cuerpo electoral que tendría derecho a votar en
un referéndum sobre el futuro del Sahara. Mientras
tanto, los viejos guerreros se han hecho abuelos, y una
nueva generación nacida en el exilio ve sus campamentos
como una ciudad similar a cualquier otra, como una
estación más de las rutas caravaneras del desierto.
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